Un viernes de invierno, mostró displicencia:
La joven mujer divisó sus cortezas.
Notó que con ellas, podía escalarlo.
Y subió donde pocas pudieron lograrlo.
Allí estaba el ángel, siempre reluciente.
Amable tomó de la mano a la dama.
Quien pudo, por fin, ubicarse en sus ramas
Culminando así su acción inteligente.
El ser celestial percibio en esta niña
Dotes de grandeza, y sintio que era indigno
Gozar privilegios que aquella debia.
Cedio ante su aura y con gesto benigno
Bajo de aquel arbol, jurando ese día
Tomar solo frutos que le correspondian.
Existen millones de fabulas grises.
No todas culminan con vino y perdices.
Se puede jurar que no hay nada más triste
Que un angel dejando la magia pudrirse.